lunes, 2 de junio de 2008

La vida de Edmundo Reyes


Raúl Tortolero

Edmundo Reyes Amaya vivía con su esposa e hijos en un pequeño departamento en Neza. Su familia desconocía su presunta liga con el EPR hasta que este grupo guerrillero denunció su secuestro y exigió su liberación. Quienes lo conocían hablan de él como una persona trabajadora, honesta y buen padreEn el pequeño departamento de Ciudad Nezahualcóyotl nunca se guardaron armas de fuego ni se vio entrando gente extraña. No se olía que hubiera contacto con ninguna guerrilla. De hecho, Edmundo Reyes Amaya no tenía amigos.

Era solitario. En apariencia. Sólo platicaba con clientes habituales de su tienda de abarrotes. De lo que fuera, pero no mucho de política. De deportes, de amoríos.

A sus espaldas, las latas de chipotles, frijoles refritos, sopas. A un lado, los frascos de mayonesa y mostaza, y en el refrigerador, las sodas.

El abarrotero aconsejaba. Trataba de ayudar. Orientaba a todos. Se turnaba los horarios para despachar con su esposa y se ausentaba sólo para proveerse de más mercancías en las grandes abarroteras cercanas. Iba en taxi porque ya no tenía su vocho naranja y añoso, o a pie, con un diablito donde apilaba las cajas de productos nuevos.

Esas eran sus únicas salidas del entorno familiar y los viajes que hacía con frecuencia a Oaxaca, para visitar a sus padres. Se quedaba unos días allá y regresaba. En tales ausencias presuntamente encontraba oportunidad de reunirse con sus compañeros del Ejército Popular Revolucionario (EPR), sin que nadie lo advirtiera...

Con sólo dos agujeros para dar vista a los ojos en las pañoletas grises que cubren sus rostros, sus gorras con estrella y sus armas largas, el EPR ofrece una imagen poco digerible de sus guerrilleros al común de los ciudadanos. Tal es el atemorizante look que el grupo armado usa desde sus inicios, junto con su bandera con una ametralladora, un machete y un mazo entrelazados.

Uno de los militantes de este grupo clandestino que pugna por imponer el socialismo por la vía armada es Edmundo Reyes Amaya, quien junto con Gabriel Alberto Cruz Sánchez, desapareció el pasado 25 de mayo de 2007, en algún lugar de Oaxaca.

El EPR grupo armado que lo reconoce como uno de sus militantes exigió al Estado su presentación desde esa fecha e hizo presión explotando oleoductos de Pemex en distintos enclaves del país.

Tales acciones, sumadas al posterior cambio diametral de estrategia que busca el diálogo con el gobierno a través de intermediarios prestigiosos, denotan la importancia de esos dos presuntos líderes al interior de su organización.

Pero ¿quién era Reyes Amaya? ¿Cómo pudo operar desde la clandestinidad toda la vida? Lo hizo valiéndose de estrategias de ocultamiento muy bien diseñadas.

Gente cercana a él me dice que tenía una enorme disciplina en sus hábitos personales. Era casi un asceta, un ermitaño apertrechado en Ciudad Nezahualcóyotl.

Cuesta trabajo creerlo, porque muchos socialistas son ateos y anticlericales, pero Reyes Amaya se formaba de vez en vez en la fila de un templo para recibir la comunión con la hostia, ya que profesaba la religión católica, y sus padres Pedro Reyes Salmerón y “Mamá Lala” fueron extremadamente devotos. Ahora su padre ha fallecido, entristecido a raíz de la noticia de la desaparición.

Sin embargo, en el departamento en Neza, no había una Biblia. Ahí donde Edmundo vivía con su esposa, un año menor que él, y dos hijos (Héctor, de 29 años, y Nadín, de 26), en cambio, había otros libros, sobre todo novelas. De Gabriel García Márquez, de José Saramago. Y textos diversos. De Octavio Paz, Juan Jacobo Rousseau (“Emilio”), así como compendios de sicología que el guerrillero que hoy tendría 58 años (nació el 10 de noviembre de 1949) estudiaba puntilloso, para entender el mal que siempre aquejó a su esposa, Lola Maldonado.

Doña Lola sufre problemas siquiátricos. Experimenta crisis nerviosas y toma medicamentos. Tratados especializados en mano, Edmundo buscaba los efectos secundarios de la medicina que pudieran afectar a su mujer, quien las consume al menos desde 1976, cuando se casó por todas las leyes con el revolucionario en Oaxaca... desconociendo ella que su cónyuge militaba en un grupo armado.

Edmundo es oriundo de Oaxaca. Su infancia fue difícil, envuelta en pobreza. Es el segundo de diez hijos. Una hermana es mayor que él, y son cinco hombres y cinco mujeres en total. Tres viven en Estados Unidos.

Como de los hombres Edmundo es el mayor, tuvo que ver por los menores bien pronto.

Su padre, Pedro Reyes Salmerón, era campesino. Sembraba maíz, frijol, sandías y chiles en terrenos ejidales. Edmundo lo ayudó hasta los 16 años, cuando se fue a la ciudad de Oaxaca a trabajar como chalán en algunas fábricas, buscando poco a poco más monedas.

Y de ahí, emigró al DF, de donde enviaba dinero a su familia, para ayudarla. Vivió con una tía de avanzada edad, con quien bromeaba mucho y bailaba dan-zón, payaseando al hacerlo como Cantinflas.

Por ese tren de vida, Edmundo sólo estudió hasta segundo de secundaria. No tuvo tiempo o recursos para más. Si de niño le daba su padre un lápiz, debía cuidarlo, porque si lo perdía, no le compraría otro. Pero le encantaba estudiar. Después fue un notable ejemplo autodidacta.

Ya de casado se interesó mucho en el pensamiento griego. Se sumergía con sus lentes que usaba sólo para leer, porque tiene la vista “cansada”, en la mitología griega, lo mismo que en filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles.

Esos personajes eran paradigmáticos para él, porque estos fundadores del pensamiento de Occidente todo lo enunciaron por primera vez.

Revisaba también los periódicos nacionales, sobre todo los de izquierda y de centro.

Además de sus lecturas, gozaba y se identificaba con los héroes de películas como Corazón Valiente, 300, Gladiador, Ben-Hur y Troya.

Sus gustos musicales no eran sofisticados: cantaba las interpretaciones de Óscar Chávez, y tenía discos de Napoleón, Leo Dan, y su preferida, Rocío Dúrcal.

A veces veía El rival más débil, o documentales de animales. Nada de política. Resolvía crucigramas e inventaba otros (sobre griegos) y jugaba ajedrez y otros entretenimientos de mesa.

Si salía en la conversación familiar Vicente Fox, Edmundo se mostraba sólo escéptico. De Felipe Calderón decía que lo más probable es que con él nos iba a ir peor, porque quienes lo apoyan son “puros empresarios”.

De Andrés Manuel López Obrador dijo que podían haberle robado la elección. No era perredista, por cierto. Del EPR no hablaba nada ni de la lucha armada. Una vez que Nadín fue a Chiapas a una zona con influencia zapatista a una misión educativa, su padre sólo le recomendó que no se relacionara con gente del EZLN, que se evitara problemas: ella era estudiante.

No se sabe que fuera mujeriego ni machista: barría a veces, planchaba y cocinaba buen arroz. Y con su familia fue siempre tolerante.

Nunca le alzó la voz a su mujer a quien llevaba claveles rojos en los aniversarios de bodas, o a sus hijos, ni los golpeó.

Nadín jugaba a los seis años a hacer tortillas de masa en un comal. Le quedaban gordas como pizzas, crudas y tostadas. Pero así se las comía su padre, y diciendo: “Mmm, qué buenas te quedaron, mi amor”. Lloró algunas veces por su esposa, cuando la veía mal de salud, y por sus hijos, por ejemplo cuando ambos fueron hospitalizados por una severa bronquitis. Y para solventar los gastos vendió su argolla matrimonial.

Era juguetón y algo “tosco”, pero si quería corregirles algo en su conducta a los niños, los sentaba y hablaba con ellos. En tono fuerte, pero sin improperios.

Tampoco les permitía decirlos. Ni siquiera le parecía correcto que usaran la expresión coloquial “no manches”. Su hija posiblemente era su predilecta, su adoración.

Sin embargo, no era tan celoso con ella. No le pedía que fuera virginal. Pero sí que fuera formal, que cumpliera lo que prometiera. No era un padre ni muy conservador ni muy liberal. Nada de aplaudir el sexo indiscriminado, o el uso de drogas. Y predicaba con el ejemplo, porque nunca tuvo vicios. No fumaba y hasta en una ocasión fue echado por unos borrachos de una fiesta porque no bebió nada, o se hacía guaje con una sola cerveza toda la tarde.

Le molestaba que sus hijos durmieran hasta entrada la mañana. “Ya párense y muévanse, están jóvenes”, solía decirles. Se mojaba las manos y les salpicaba la cara para despertarlos riendo.

El eperrista se conservaba en buena forma física. Tal vez, preveía una posible fuga corriendo, escapar de los cuerpos policiacos o militares que buscaban apresarlo.

Jugó desde joven beisbol, en el equipo de Astros de Oaxaca, tal vez también porque ese deporte en México conlleva una historia de lucha. Y luego, con los Guerreros, y en el DF, en Delfines. Iba con sus hijos a la Ciudad Deportiva a ver algunos encuentros.

El atletismo le atrajo. Correr, nadar, escalar. El alpinismo también. Subía al Iztaccíhuatl todo nevado. Dejaba atrás a los más jóvenes. Amaba la lucha libre. Villano Tercero le gustaba, Los Brazos, y el Perro Aguayo. Incluso, inscribió a su pequeño en la escuela de Blue Demon. Héctor, de niño, ensayaba la quebradora con Edmundo, quien se dejaba, cariñoso y complaciente. Hay fotografías que lo comprueban.

Su rostro es el de alguien duro y firme, pero controlado. El pelo le escaseaba ya. Sí le brotaba, mas no usaba nunca bigote o barba. Era de piel morena, con un lunar en forma de mancha en la espalda. Medía 1.52 metros y nunca fue obeso. Nunca fue operado en un hospital. Tenía bolitas de grasa en ambos antebrazos.

Su carácter era tranquilo y paciente. Era austero, ahorrador y promotor del ahorro. Tal vez por eso no daba limosnas. Y era de gustos sencillos. Casi nunca usó traje, salvo en la graduación de su hija. Usaba playeras de manga larga, con cuello tipo “polo”, pantalón de mezclilla o de vestir, tenis Reebok, o zapatos negros cómodos.

Comía de todo, frijoles, espagueti y mole negro, pero le encantaba que su madre le preparara una sopa de chepiles con elote en crema y carne asada. Hacía el super ya fuera en Wal-Mart o en los mercados tradicionales.

Y así es como Edmundo Reyes jugó una partida doble y simultánea: la de su vida como comerciante y la de su lucha como guerrillero del EPR. Tras la primera ocultaba la segunda.

Sus allegados aseguran haberse enterado de su doble juego por los medios, cuando ese grupo lo reivindica públicamente como su miembro activo. Y lo único que eso causó en la gente que lo rodeaba fue aún más admiración por él, y un grave malestar ante su desaparición y la falta de resultados en su búsqueda. Pero confían en que siga vivo y regrese con su familia.




!HASTA ENCONTRARLOS!

No hay comentarios: